Grán Sertón: Veredas by Rosa Joao Guimaraes

By Rosa Joao Guimaraes

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No debía estar recordando esto, contando así lo sombrío de las ˜ Guimaraes ˜ Rosa Joao Gran sertón: veredas cosas. Una tabarra. No debía de. Usted es de fuera, amigo mío pero mi extraño. Mas tal vez, por eso mismo. Hablar con el extraño así, que bien oye y luego lejos se va, es un segundo provecho: es como si hablase conmigo mismo. Mire vea: lo que es ruin, dentro de uno, uno lo pervierte siempre por apartarlo más de sí. ¿Para eso es para lo que mucho se habla? Y sus ideas instruidas me proporcionan paz.

Casi que uno no abría la boca; pero había un tilín que me empujaba hacia él: lo irremediable extenso de la vida. Por mí, no sé qué vértigo de vergüenza, con él callado le estaba obedeciendo quieto. Casi que, sin menos, era así: llegábamos a un lugar, él decía que me sentase yo me sentaba. No me gusta quedarme en pie. Entonces, después, él venía, se sentaba a su vez. Siempre mediante más lejos. Yo no tenía valor para cambiarme más cerca. Sólo de mí era de quien Diadorín parecía a veces tener un despabilo de desconfianza, ¡de mí, que era el amigo!

Ya poco facilitaban. Y nosotros estábamos perdidos. Ningún pozo se encontraba. Toda aquella gente se surumpeaba con los ojos rojizos, se amorataban las caras. La luz asesinaba demás. Y dábamos vueltas, olfateando los rastreadores, buscando. Ya había quien besaba los escapularios, se rezaba. Por mi parte, entregué el alma al cuerpo, inclinado hacia la silla, en un rompimiento. Hasta la frente se me volvió plomo. ¿Vale la valentía a todas horas? Repensé cosas de cabeza-blanca. ¿O estaba desvariando?

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