El Huerto de Mi Amada by Alfredo Bryce Echenique

By Alfredo Bryce Echenique

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Olvidemos esa historia y concentrémonos en la nuestra, Carlitos. ¿Tú qué piensas hacer? —Facilísimo. Quererte toda la vida y ser un gran dermatólogo, como mi padre y mis abuelos... Y bueno, claro, seguir siendo un buen cristiano. —¿Tan fácil lo ves? —Pues sí. Y además tenemos permiso de Dios, no lo olvides. —Eres tú el que olvida que aquello fue un sueño. Un lindo sueño, Carlitos, pero nada más. —No entiendes ni jota, Natalia. —No, la verdad es que no. —Pues te lo pondré de otra manera. Cuando se trata de un gran amor, Dios es absolutamente comprensivo.

Basta con que les dé la voz. —Deben de pensar que nos hemos muerto. —También Julia y Cristóbal. —¿Y ésos quiénes son? —La empleada y el mayordomo de mi casa de Chorrillos. ¿Te acuerdas de que los mandé llamar? —Vagamente. Muy vagamente. —¿Almorzamos aquí o nos vestimos un poco y vamos al comedor? Carlitos abrió y cerró varias veces el ojo izquierdo y optó por el comedor. Era un poco arriesgado salir de ese formidable dormitorio, entre campestre y palacio del Marqués de la Conquista, pero también era cierto que, en la medida en que existieran una sala y un comedor, por ejemplo, y Natalia sentada y comiendo, por ejemplo, y él saciando el hambre que tenía, por ejemplo, la teoría aquella de que hoy era domingo y verdad...

Y fue verdad. Y en la medida en que también hoy sea domingo... —Te juro por mi amor que es cien por cien domingo Carlitos. —Es que el sueño ese con Dios y el cielo, y tú misma desnuda, todavía tienden a confundirme, Natalia. Tal vez dentro de unos días, o incluso unas semanas. —Días, semanas, meses, años... De eso, precisamente tenemos que hablar, mi amor. Qué mejor prueba quieres de que todo es verdad. Tenemos que hablar del futuro. 30 El Huerto de mi Amada Alfredo Bryce Echenique —Por ahora sólo tengo hambre, Natalia.

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