De la invenciôn retôrica by Cicero Marcus Tullius

By Cicero Marcus Tullius

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El Paraiso En La Otra Esquina

A century handed among the delivery of plant life Trist? n and the loss of life of her grandson, the good painter Paul Gauguin. They by no means met, yet either dreamed, every one of their personal approach, with a greater international. With this novel we get to grasp those nice personalities that had related features: a powerful stubbornness and a bulletproof selection and motivation.

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Luna Nueva (New Moon) (Twilight Saga, Book 2)

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El fraude de la Sábana Santa

Un artista anonimo del siglo XIV descubrio los principios de los angeles fotografia y falsifico el sudario de Cristo. Hoy, aquella reliquia ha dado origen a una seudociencia, sustentada por poderosas asociaciones y sectas de todo el mundo. El objeto de sindonologia es probar con argumentos cientificos que Cristo fue Dios.

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Estaba descalza. — ¿Qué? ¿Te gusta lo que ves? —me preguntó. 80 —Sí, a pesar de... ¡Por la Luz y las Tinieblas! —exclamé—, ¿por qué tienes ese aspecto? —La última vez que tuve apariencia humana fue hace cincuenta años. Asentí. —Ya entiendo. ¿Te utilizaron durante la guerra? —Me utilizan en todas las guerras. —Olga sonrió dulcemente—. Cuando son guerras muy serias. El resto del tiempo, tengo prohibido adoptar apariencia humana. —Ahora no estamos en guerra. —Pues la habrá. Esta vez no sonrió. Me contuve para no soltar una maldición y me limité a hacer la señal que sirve para alejar las desgracias.

Tu reacción condujo a la intervención de los Tenebrosos. Y terminaste llegando a un acuerdo con ellos. Lo peor de todo es que no había la menor necesidad de que decidieras utilizar tus poderes mágicos. —Eso es cierto. Lo acepto. ¿Qué hacemos ahora? La voz del ave se iba avivando, como si recuperara olvidadas entonaciones. Seguramente, llevaba mucho tiempo sin hablar. —Ahora, nada. Solo nos queda confiar en lo mejor. — ¿Informarás al jefe de lo sucedido? —No. Al menos, no por ahora. Para algo somos compañeros, ¿no?

No ocurría nada especial. Todo estaba en orden. La puerta estaba bien cerrada con las tres cerraduras y una cadena de seguridad. — ¡Cállate, Greisik! —le ordenó con severidad al gato—, o te obligaré a comer ajos. El gato se tomó la amenaza en serio y se dirigió rápidamente al dormitorio de los padres de Iegor. ¿Qué más podría hacer? Buscar algún objeto de plata, tal vez. Decían que también ayudaba. Dándole un nuevo susto al gato, Iegor irrumpió en el dormitorio de sus padres, abrió el armario y extrajo el cofrecito donde su madre guardaba las alhajas, oculto bajo una montaña de sábanas y toallas.

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